jueves, 25 de junio de 2009

Sin nada

Y...sin más que decir, ella se quedó tambaleante ante su figura, que derramaba infidelidad. El no sabia que lo había hecho sin querer, nadie sabia que el lo había hecho sin querer, pero en definitiva, todos sabían que el lo había hecho.

No sólo quedaron heridas abiertas que pronto fueron cerrando o quisieron cerrar, entre los hostiles pensamientos que él fundía en cada atardecer.

No sólo quedo enamorado de ella, sino que ahora no sabia como hacer para decírselo y hacerle entender lo que la amaba. Ya nadie le creería, ni ella, ni la tarde, ni luna que todas las noches él le regalaba.

Ya nadie podría ver a ese cuerpo infiel llegar por las noches y acariciar su cuerpo, sentir su calor, su aroma, comer un chocolate y fumar un cigarrillo junto a ella, entre las sabanas, entre las almohadas.

Ni mucho menos despertarse junto a ella, junto a su aroma, entre las sabanas, entre las almohadas, en su pequeña casa, con el calor de su cuerpo, y su cálida vos entredormida.

Pero el ya no podría regresar a sus brazos, salvo que ella así lo deseara. Él se tomó el atrevimiento de jugar mal, de tirar las cartas sobre la mesa y armar una mala partida.

Se tomo el tiempo de jugar mal, para luego quedarse solo y dormir entre sus sabanas, sin su aroma, sin su calor, sin su voz entredormida, fumando ese cigarrillo solo, que despedía soledad, tristeza y dolor.



ANÓNIMO