miércoles, 29 de octubre de 2008

¿Hasta que la muerte los separe?

Por Natanael Suárez
Estudiante del Profesorado de Lengua y Comunicación Oral y Escrita de la Universidad Nacinal del Comahue
Miraba como idiotizado a la mujer que yacía dormida frente a él. Todavía no podía creer que ese mismo día cumplirían treinta y seis años de casados y, a pesar del tiempo, la seguía amando como si fuera la primera vez.
La imagen de su esposa había cambiado un poco, pero aun así, la veía muy hermosa, recostada allí, como despreocupada, tranquila -demasiado tranquila-pensó.
Mientras la observaba, un sentimiento de culpa lo invadió revoloteando en su estómago. Un sentimiento similar al que experimentó la primera vez que le fue infiel. Pero no importaba, ahora ella ocupaba todos sus pensamientos.
Nunca le dijo que la amaba, lo había demostrado muchas veces con pequeños detalles, pero nunca se lo había dicho.
¿Y si lo hacia en ese momento? ¿Seria demasiado tarde?
Otra vez ese vació en el estómago, luchó por ignorarlo y lo logró a medias. Decidió afrontar la realidad; se levantó y caminó hacia la puerta con paso vacilante. Antes de haber recorrido la mitad del camino, se detuvo en seco, como si se hubiese olvidado algo. Dio media vuelta, volvió sobre sus pasos y se acercó a su mujer, la besó en la frente, le dijo cuanto la amaba sabiendo que era tarde y se sintió mejor.
En ese momento entraron a la habitación dos hombres vestidos de traje negro y guantes blancos. Se acercaron a su esposa con cautela y taparon el ataúd. Él se fue antes de escuchar el destornillador eléctrico, antes de cruzar la puerta notó que allí estaban sus hijos. Uno de ellos había querido decirle algo pero no tuvo tiempo, el lo ignoró y se fue, dejando a su esposa atrás; inerte, hermosa, sus ojos cerrados, los párpados suavemente apoyados sobre los pómulos y en los labios una especie de mueca, que intentaba simular una sonrisa. Pegada.
Esa noche no durmió, la pasó en vela recordando el pasado, el día en que se conocieron en aquella fiesta, su primera noche de amor, el día en que se casaron…
< ¿Acepta como esposa…
…su primer hijo, David, y luego vino la casa en la cual estaba ahora, solo, a oscuras.
Estaba sentado a la mesa con una copa de vino en una mano y otra a medio llenar frente a él.
¿Para qué?
…Para amarla y respetarla…
Ya no estaba llorando, esperaba ansioso, sabía que en cualquier momento tenia que llegar. Sabia que no faltaría, no podía, ella se lo había prometido. Apareció como en un sueño y le dijo…dijo que vendría.
…En la salud y en la enfermedad…>
O acaso se estaba volviendo loco. No, no podía ser…
…Hasta que la muerte los separe?>
Alguien golpeó la ventana y él sonríe porque sabe que ella ha llegado y se arrepiente de haber dudado, ahora sólo tiene que abrir la ventana. Sacar primero el trinquete e invitarla a pasar.
Ella estaba allí, en la ventana, llamándolo con un gesto de la mano y sonriendo. Una sonrisa despegada, terriblemente hermosa, los ojos abiertos con un brillo opaco, fuera de lo común, como toda la situación, que en sí, iba más allá de todo pensamiento racional. En primer lugar porque la ventana estaba cuatro pisos encima de la calle.
-¡Era hora!- exclamó él mientras abría la ventana para dejarla entrar y lo besara con un beso fatídico.
-Esto te va a gusta-dijo ella-. ¡Es tan hermoso de este lado!
Si, acepto…