jueves, 21 de agosto de 2008

Cárceles: El día depués




Por Yanina Miranda




Dibujos: Por Ramiro Vitanzi


Las cárceles argentinas se ven afectadas por un crecimiento poblacional elevado junto con un gran problema de reincidencia.


Según la referencia del Censo Nacional Penitenciario del año 2004, ya que datos más cercanos a la fecha no han sido publicados, hay 54.432 personas privadas de su libertad de las cuales el 95% son hombres. El mismo censo señala que, en relación a la reincidencia, hay un alto porcentaje en diferentes lugares del país que supera el 50 %.



Otro número llamativo en este tema es el que elaboró el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) el cual dice que entre 1996 y 2006 la población carcelaria aumentó casi el 80 %.
Estos datos pueden darnos lugar a plantearnos una pregunta inicial: ¿Para qué sirve la cárcel?.



Un punto de vista posible es el de la presidenta del Instituto de Asistencia a Presos y Liberados, Miriam Saigg, quién dijo a Hüilliches que “el sistema carcelario no cumple la función que debería, que es la reinserción social. Las cárceles deberían ser lugares en donde los internos puedan desarrollar alguna actividad, no mirar todo el día el techo. Una actividad como por ejemplo puede ser la agricultura y a la vez ayudarían con eso a sus familias, realizando ese tipo de actividad”.



Con respecto a la reinserción social hemos dicho que hay un alto grado de personas que salen de la cárcel y vuelven a delinquir y esto se debe no solo a la poca formación de la persona privada de su libertad, sino que también involucra una cuestión social, un pueblo que estigmatiza y dificulta el futuro de una persona que es liberada.



“Los talleres, el estudio, hay varias cosas que se realizan dentro de la cárcel pero no alcanza”, explicó Miriam Saigg y agregó: “Todos tenemos que darnos cuenta de las cosas que pasan; tenemos que hacernos cargo de lo que vemos, participar”, en relación al rol que debe cumplir la sociedad frente a esta situación.

Leyes invisibles



El artículo 18 de la Constitución Nacional dice que las cárceles deben ser “sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas”.
Esto mantiene su texto ¿sin variantes desde 1853? También sin variantes, el artículo es violado en todas las cárceles del país.



El nivel super poblacional supera en casi todo el país el 60 %, por lo tanto las condiciones de salud e higiene no son las que deberían ser.


También si los datos sobre las personas que vuelven a delinquir son altos, significa que la “reinserción social” que deberían cumplir los centros penitenciarios tampoco se esta llevando a cabo.



La norma 3.228 de la Provincia de Río Negro establece que las sociedades estatales y organismos públicos deberían asignar un cupo no menor al 5 % para quienes cumplieron su condena o lo están por hacer. Esta norma entro en vigencia el 27 de octubre de 1998 y hasta la fecha muy pocos organismos la implementaron.



La ley 24.660 trata varios artículos como normas de trato, prevé la asistencia social y postpenitenciaria de las personas privadas de su libertad.



Se tratan de normas y leyes que tienen como fin la reinserción social para que la persona no vuelva a caer en las mallas judiciales, pero que en la practica y en los resultados no se refleja.

“La vida es la cárcel con las puertas abiertas”

Hüilliches, respetando una de las reglas de este oficio, buscó un testimonio directo y entrevistó a una persona que conoce la realidad de la cárcel desde adentro.
Esta persona, a quién identificaremos simbólicamente como “X”, pasó 8 años de su vida en diferentes cárceles argentinas. Su primera instancia fue la cárcel de Caseros, en la Capital Federal que fuera declarada por los Derechos Humanos como insalubre y actualmente esta cerrada.



“X” contó a Hüilliches que estuvo en cuatro cárceles diferentes, definiendo su derrotero como “un verdadero Tour carcelario” y explicó que este “Tour” se debió a que en su instancia como detenido, empezó a leer leyes y por ende a “joder” al sistema penitenciario y judicial.



“Cuando me condenaron me di cuenta de lo que era la justicia, comprendí como funcionaba; entonces empecé a asesorarme sin nadie, solo, porque en este sistema si no tenés guita no podes pagar a un buen abogado” y le dio voz a una sospecha del imaginario colectivo: “Los jueces, abogados, fiscales, son un grupo de amigos, se ponen de acuerdo entre ellos”.



Según “X”, la razón de que lo trasladaran de cárcel en cárcel se debió a su conocimiento de derechos; derechos que empezó a exigir e incluso ayudó a los demás a que exigieran. “Tenés dos tipos de quilomberos para este sistema penitenciario: los “tumberos”, que realizan motines, huelgas de hambre; y los quilomberos de papeles, que para el sistema son los peores porque no tienen excusa para reprimirte”. Pero explicó que muchas veces la única herramienta para que te escuchen es la violencia, comparando con la vida misma: “El gobierno no te escucha y eso es violencia y a esto se responde cortando la ruta que también es una forma de violencia”.



La superpoblación en cárceles y las condiciones inhumanas promueven a esta violencia al interior de las unidades, tanto en las personas alojadas como desde los funcionarios que emplean la violencia como mecanismos de control y disciplinamiento dentro de la cárcel. “X” contó a Huilliches que “me canse de ver la represión y el maltrato, pero esto sucede en las grandes cárceles, acá no; en las cárceles chicas es diferente, pero por ejemplo en Buenos Aires es terrible”.

¿La Libertad?

Cuando el preso sale, se encuentra con un mundo quizá diferente; un mundo al cual se debe amoldar y salir obligadamente de la rutina creada en los largos días de encierro. Ansioso de libertad se crea expectativas que luego, en la práctica, son borradas para la mayoría de los liberados. Y es cuando las puertas de la cárcel funcionan como puertas giratorias.



“Yo fui planificando mi libertad y a muchos no les pasa porque no tienen oportunidades o porque no se las crean. La mayoría de los que vuelven, lo hacen en muy poco tiempo. Salís y no tenés un mango y lo que aprendiste hacer es a ser delincuente”, dijo “X” guiándose por la experiencia de aquellos años de cárcel y por lo que vio en los demás.



“La sociedad es hipócrita”, agregó, explicando que “la gente se queja de que hay inseguridad pero también se quejan cuando se invierten en las instituciones penitenciarias y en los Patronatos del Liberado que funcionan en diferentes lugares del país. No se dan cuenta que si no reinsertas a los que van saliendo, estos se van multiplicando; los hijos, la familia, van a delinquir”.



Con todo esto nos viene a la mente la misma pregunta: ¿para que es la cárcel? ¿Qué función cumple?.
“X”, desde su experiencia, nos da su respuesta: “Las caréceles son depósitos de personas que para esta sociedad y para este sistema son el justificativo para un montón de plata que nunca se sabe donde va a parar. Este sistema no quiere acabar con la delincuencia. Uno de los negocios que más guita da es la inseguridad”.

Balanza invisible

Las cárceles funcionan como un aislante de lo que el sistema define como “mal”.
En este sistema, no se intenta una reinserción social sino que se excluye, se margina, se aisla a la persona que no es funcional al funcionamiento mecánico de la sociedad o cuando una persona molesta e interviene en el fin que éste tiene.



Pero hay que aclarar que uno no esta excluido de la sociedad, sino del sistema en el cual se manejan las relaciones sociales aunque uno siempre es parte de la sociedad.



Hay una cuestión de necesidad de que las cosas estén así, y en parte puede ser por la inoperancia de las instituciones, pero también por otro lado existe un equilibrio que no se quiere modificar.



Entonces me corrijo: no se esta fuera del sistema, se está dentro y esa es la “función”.
Los datos están y son concretos. Se sabe que las cárceles fomentan más delincuencia, fomentan más pobreza; se sabe que hay un grado de analfabetismo importante, que los sistemas educativos están en crisis. Pero también se entiende que para solucionar el problema se requiere de políticas y fundamentalmente de inversiones económicas. En lugar de eso se invierte en seguridad, que significa crear otra cárcel exactamente igual a las que ya existen con los mismos errores y falencias; se venden mas armas legales e ilegales jugando justamente con ese enemigo invisible que en realidad es la pobreza y la falta de educación.



Un enemigo inventado por este sistema y que la sociedad contribuye para que el mal crezca.
Quizás pueda parecer una película de terror o un cuanto inventado por Edgar Allan Poe, pero no es así. Es la realidad visible, que se escucha y se siente.



Muchos tal vez no lo perciben por ignorancia, que también cumplen su función en el sistema: el de ser sordos, ciegos y mudos.



Pero los que intuimos qué pasa, de lo que se vive y viven muchos, nos quejamos frente a esa realidad aunque la pregunta siempre será ¿qué hacemos para cambiarla?