miércoles, 30 de julio de 2008

Beatriz

Foto: Luciano Cutrera
Por Guerra



Durante varios minutos, durante la siesta, Beatriz tenía esa inicial en el celular. Como en un absurdo ritual, siempre tenía por costumbre mirar fijo a esa pantalla con ese nombre, esa letra, esa historia que ella abandonó, por cobarde, por orgullosa, por ser ella, o no serlo y sus consecuencias. El ritual consistía en observar con mirada penetrante, y el objetivo era lograr que ese pequeño celular sonara, y esa inicial llamara, le dijera cómo estas, tanto tiempo, cómo te trata la vida, te extraño tanto, cómo pudo, cómo pude, cómo pudimos, qué ocurrió, calle Belgrano, segundo piso, donde siempre, donde vos, donde el jazz y el fernet con cola, los puchos a cuentagotas, la tele y las revistas, donde éramos.
Pero jamás sonó, y la desesperación era tal que ella corría por Saavedra (cómo pudo) hasta calle Rivadavia (pero éramos), luego el rico olor de las facturas (mirame), finalmente la puerta con el picaporte roto, las pálidas afuera, el silencio y ese olor a viejo que a ella extasiaba, esta vez quizás Monet, Sartre, Quiroga, Cortazar, o cualquiera que tuviera ese olor a viejo. A Beatriz le fascinaba tanto elegir por los olores. Eran ella y su nariz, únicas juezas capaces de decidir quien la atraería por esa tarde, quien le haría el amor, o la llevaría hasta las pirámides, o ese viaje a Bogotá, a Puerto Pirámide. Pero eso fue antes que él, nosotros, antes que fuera especial, eterna, conmigo y contigo, y me piensas y aparezco linda, perfecta con mis brazos abiertos y la sonrisa pintada para vos, para tu sonrisa también, para caer en ese sillón viejo, ese que nunca pude vender a nadie, ni siquiera donar, y que vos reías cuando hablábamos del esfuerzo inútil, si no ves que estarán ahí de por vida, por qué no lo notas, a veces hasta los objetos nos obligan a protegerlos, nos amenazan a muerte para que nuestro instinto del abandono no ejerza influencia sobre nuestra relación directa hombre-objeto objeto-desecho, y que no los abandonemos, porque no cabría cielo para tanta crueldad. Pero a veces Contín y Belgrano se nos hace inconmensurables, y todo se vuelve tarde, muy tarde.